Así empezó todo...

En un seminario que dirigía en la Facultad de Arquitectura discutíamos sobre estética recordando hechos que nos habían impactado o conmovido en algún momento de la vida, muchos hablaban de encuentros con obras de arte,  grandes deportistas, artistas de cine, guías espirituales, paisajes, edificios, ciudades mágicas y animales salvajes.

Haciendo esa pregunta, recordé una de las primeras veces que me subí solo a un transporte público, cuando era un niño de 12 años, quien conozca las aglomeraciones humanas de la ciudad de México  creerá que me refiero al impacto por tanta gente y la agresividad propia de este tipo de metrópolis, efectivamente algo de eso tuvo que ver, porque todo comenzó con un silencio que hizo voltear a todos en ese repleto autobús cuando una mujer invidente, guiada por una perra lazarillo negra con una pequeña mancha blanca en el pecho subió al autobús y una vez que comenzó a caminar en el pasillo en búsqueda de un lugar para su ama y para ella, como por arte de magia transformo a todos aquellos semblantes agresivos y estresados de metrópoli, que sin excepción, trasmutaron su rostro en sonrisa tierna y respetuosa que no desprendió la vista de aquella perra trabajadora durante sus trayectos.

Evidentemente en esos momentos lo último que me importaba era el semblante de la gente, yo igual que todos no podía dejar de admirar a aquella perra trabajadora e imaginar como libraría todos esos obstáculos que a mi me asustaban tanto,  esa perra marco mi vida y se convirtió en una devoción, un animal podía recuperar nuestros vínculos con el mundo y la sociedad. Ese mismo día rogué a mis padres que me permitieran tener un labrador y llegando el fin de semana compre por primera vez un libro: “Perros para Ciegos”; la raza la reconocí de inmediato porque mi familia mitificaba a -Herodes- un labrador de mi querida tía Thomasina traído de Texas, que a pesar de su robustez y fuerza conquisto a todos por su dulzura y nobleza,  por esos tiempos en México era difícil conseguir un labrador y una amiga de mis papás nos regalo una cachorra bóxer “Fara”, que INTEGRÓ, -COMPLEMENTANDO-, mi familia  y de quien todavía hoy, muchos años después, recuerdo con ternura su olor como parte de la memoria del hogar con mis padres.

Aquel recuerdo al discutir sobre estética para entender lo que conmovía en búsqueda de lo que puede dignificarnos como seres humanos, parte de un ecosistema planetario, dejaba ver absurdo y banal cualquier valor plástico controlado por modas sujetas a la demanda mercantil que hoy viene pervirtiendo cualquier intento arquitectónico en nuestro país. Por eso, ese día llegué a la conclusión de que todo arquitecto debería ver mucho más allá de la apariencia sorteando prejuicios de forma, necesitaría vivir con un lazarillo, un labrador, que le ayudara a ver lo que no vemos desensibilizados por la vorágine aspiracional de estos tiempos, así, empecé a buscar un cachorro labrador. Nunca imagine lo difícil que me sería conseguirlo a pesar de la amplia oferta en espacios de mercadeo o en esas franquicias que ponen en vitrina, "con garantías de remplazo a posibles miembros de una familia".

En esta búsqueda supe de las tristemente celebres fabricas de cachorros (pupy mills), conocí algunos criadores con hermosos criaderos, pero con el concepto de crianza como producción de objetos financieros o de estatus, muchos otros, encubiertos en un ambiente “familiar” hacían crueles procesos de mercado con sus ejemplares. Yo simplemente quería un labrador para compartir mi vida parecido a aquella perra labrador que me impactó. En ese ir y venir entre vendedores de perros y decepciones, también conocí a gente que entendía la raza y a los perros,  a través de ellos comencé a comprender la importancia y lo que significa la selección  para la preservación de las hermosas características de los COBRADORES DE LABRADOR y toda la tradición, sabiduría y ciencia que implica su crianza.

Así, decidí replantear el resto de mi vida aprendiendo a vivir esta forma de arquitectura, me puse a leer todo lo que encontré en libros e Internet y por fin compré un añorado cachorro negro con las llamadas -bolo pads- como insignia de linaje de uno de los primeros labradores del siglo XX, Bolo, perro de excepción que fuera campeón de trabajo y belleza, dejando en su descendencia aquella marca de su memoria, como mensaje de que la belleza en el labrador implica fundamentalmente el cuidado y sublimación de la potencialidad intelectual, social y  física de la raza. Lo llamé con cierta ironía Koolhaas, nombre del arquitecto que ha promovido con más fuerza la necesidad de repensar la forma en que podemos revincularnos como sociedad y planeta a partir de la arquitectura entendida como filosofía. De esta manera, mi amigo labrador Koolhaas me ha permitido durante sus diferentes etapas de desarrollo estudiar a la raza de una forma integral para entender, no únicamente al labrador, sino al perro con sus requerimientos espaciales e instrumentos para una vinculación feliz a la vida cotidiana con seres humanos, él me ha permitido cometer muchos errores en este aprendizaje, recibiéndome siempre de la misma manera con un cariño inquebrantable, por lo cual le estaré eternamente agradecido.  

Mis hembras también llevan el nombre de arquitectas en una forma de reconocimiento, como colegas, que me permitirán desarrollar este proyecto de y busqueda...